EN EL TINTERO. HOY: PRIMEROS PASOS
Éste texto fue escrito en Julio de 2008, a la sazón el día en que Diego comenzó a andar. Si me pongo mundano diría que aquel fue un día agridulce. Si, por el contrario, me hubiera levantado trascendente añadiría que ese cariz ambivalente de la experiencia no es sino el fiel reflejo de lo que es la vida.
Diego andó con 16 meses. De no ser porque tanto mi señora esposa como un servidor comenzamos a caminar rondando dicha cifra, habríamos empezado a preguntarnos si algo iba mal. Como tantos niños Diego no gateó, con lo cual sus extremidades superiores, desentrenadas para parar golpes, eran tan poco útiles que a veces me imaginaba a Diego como un pequeño Tiranosauro, con las manitas de adorno. Todos los golpes, invariablemente, en esos primeros días, iban a parar a la cabeza lo que nos hizo ir buscando por todas partes una chichonera. No es tan fácil como parece y estuvimos tentados de comprarle un casco de ciclista...
En fin. La situación afortunadamente se ha normalizado, pero aquí queda para la posteridad la crónica del día en que Diego andó:
Hoy Diego ha dado sus primeros pasos. He comenzado dejándolo sólo en equilibrio delante de mí, lo suficientemente alejado como para poder andar pero lo suficientemente cerca como para poder cogerlo al vuelo. Me ha costado conseguirlo pues no había forma de que se soltara de mí. Pero yo, imbuído del espíritu animal de nuestros ancestros me he transmutado en un pajarraco resuelto a enseñar a volar a su cría.
Él cauto, ha comenzado a dar unos tímidos pasos intercalados con pequeños gritos de excitación y risas. ¡Prueba superada!¡JAJA!No me lo podía creer. Lo veo tan poco tiempo entre semana que temía perderme éste momento. He repetido la operación. Y he llamado a Teresa. Ambos hemos celebrado cada paso como si Diego, en lugar de parecer un mono borracho, estuviera ejecutando un número del Circo del Sol.
Juer, ha sido arrancar a andar y ya me han puesto a alicatar baños. Es lo que tiene nacer en la cuna del ladrillo...¿Me querrán en Marina Horror o habrá quebrao ya?
Diego se ha ido animando cada vez más y ha recorrido el comedor. Y después el recibidor. Él sólo. Como Fraga, vale, pero él sólo. Yo delante, su madre detrás. Ámbos braceando a su alrededor como si cuatro extremidades no fueran suficientes para protegerlo, cubriendo todos los flancos de caída posibles. Actuando como sus guardaespaldas. O como marionetistas manejando un títere, según se mire.
Chino-chano hemos llegado al pasillo. Al largo y estrecho pasillo. Y Diego ha titubeado. Se ha parado y, protestando, ha intentado cogerse a mí. (Aquí debí haberme dado por satisfecho, pero nooooo). Yo me he alejado, dando un paso hacia atrás. Quería más.
Y entonces ha pasado lo que tenía que pasar. Tras un par de pasos erráticos se ha cimbreado cual junco ribereño y en cuestión de segundos ha encontrado el único espacio en el que no había brazos para asirlo. Y se ha caído. De espaldas. Lo he visto a cámara lenta: cayendo poco a poco hacia atrás y dando a parar con la cabeza en el rodapié. Si lo hacemos adrede no nos sale.
Lucha interior: A ver como era..Un pie después del otro: primero el pie izquierdo, luego el pie derecho...Pero, ¡Un momento! ¿Qué es 'derecha'?¿Qué es' izquierda'?Soy un niño pequeño del siglo XXI y ya no ponen Barrio Sésamo, por el amor de Dios, no entiendo la mitad de cosas...¡Argggg! Me voy a caer otra vez...¡NO! Desplegaré mi super garra/mano y me asiré con fuerza a ésta cosa antes que volver a dar con mis piños en el frío y duro suelo.
Y la risa se ha transformado en llanto. En caras de susto. Los brazos han dejado de hacer dibujos en el aire y han acudido en décimas de segundo a cogerlo. Y su madre y yo lo hemos abrazado y hemos dejado caer besos por doquier con la esperanza de que en cada uno pudiera encontrar algo de consuelo.
Tras la cura de besos, hemos comenzado la inspección ocular de los posibles daños. Cada centímetro de su pequeña cabecita ha sido inspeccionado a conciencia. Éramos como monos despiojadores, sólo que en lugar de sabrosos insectos, andábamos a la busca del chichón. Chichón que no ha aparecido, así que parece que ha sido más el susto que el golpe en sí.
Como quiera que Diego a cogido el berrinche del siglo, Teresa ha ido a buscar el chupete ( bendito chupete...los anglosajones los llaman ‘pacifier', un nombre mucho más apropiado en mi opinión) y estaba tan nerviosa que cuando ha vuelto...¡ me lo ha intentado poner a mí!. Lo juro. Después de todo el agobio aún hemos dedicado unos instantes a abandonarnos a la risa floja.Vaya momento. El pequeñajo con hipídos y llanto entrecortado y sus padres (¡papás malos!, ¡papás malos!) descojonándose.
Una vez se ha tranquilizado le ha entrado a Diego un repentino ataque de ‘mamitis'. Yo creo que todos los padres lo hemos experimentado alguna vez. El caso es que hasta que no se le pase el enfado, a papá no quiere ni verlo. ¿Qué tendrán las mamas que calman el espíritu? Es una pregunta retórica. Cualquier hijo sabe lo que és, aunque no sepa explicarlo.
Pese a que enseguida he intentado quitarle hierro al asunto, no he podido evitar sentir una sensación extraña. En ese preciso instante me doy cuenta de que quiero a ese niño como a mi vida. Que no quiero que le pase nada, que no quiero que sufra. ¿Se puede ser más ingenuo? Diego va a caer muchas veces, algunas las podré evitar, otras no. Unas veces será necesario que caiga para poder experimentar la sensación de levantarse. Otras veces, como hoy, quizás tenga yo la culpa. Es un punto a tratar. Bajo ningún concepto quiero forzar situaciones sólo por mi gusto personal. Por que al final lo podríamos resumir en eso. No era el momento adecuado. Había que parar y yo no lo he hecho. En fin, estoy en prácticas. ¿Qué más puedo decir? Yo también estoy dando mis primeros pasos.
En cualquier caso la caída siempre debería hacerle más fuerte. Por mucho que a sus padres le duela. Cómo entiendo a mis padres ahora. No me cansaré de repetirlo.
De pocas cosas estoy seguro. Pero una de ellas es que cada vez que él caiga yo estaré ahí dispuesto ayudarle a levantarse. A examinar los daños. A hacer la cura de besos. A reírnos incluso en los momentos más críticos. A pedir perdón si yo he tenido algo que ver.
Hace rato que ocurrió 'el incidente'. Espero que se le haya pasado el enfado. Hacemos el juego del pijama. Una piernita, otra piernita, un bracito, otro bracito y ¡el culete! Diego se descojona. Vamos bien. Después toca meternos debajo de la cortina del baño y hacer como que estamos debajo del mar: se lo está pasando bomba. Por último la prueba de fuego. En recursos humanos se suele hacer una prueba de confianza. Una persona se deja caer de espaldas y los demás lo deben recoger evitando que caiga.
Lo dejo en equilibrio cerca de mi y él, sin dudarlo un momento, se tira a mis brazos a carcajada limpia. Yo estoy ahí para cogerlo. Diego sigue confiando en mí. Todo va bien.


cuartosinascensor dijo
Que buen post.
Con el paso del tiempo y la confianza te das cuenta de que tu hijo es más fuerte de lo que crees.
A mi tambien me ha pasado lo darme la risa con algunas caidas, con mi hijo mayor aveces nos reimos los dos y creo que es sano, no conviene hacer a los niños miedosos, se caeran mil veces y otras mil volveran a ponerse en pie y como tu dices nosotros padres y madres estaremos ahi para intentar que los golpes duelan algo menos.
Besos
16 Febrero 2009 | 12:05 PM